José, el hombre de las “malas palabras…”
José es un hermano de la vida al que siempre visito; un gran hombre al que esta tierra le ha negado, como a tantos, lo que a otros les sobra o tienen desmedidamente. Él vive o vivía en un ranchito a las orillas del pueblo, y sus días se pasan entre changas, juntadas de cartón con sus hijos, cazar algún animalito para comer y dar una mano en el comedor de la parroquia del barrio “Madres Solteras”.
Me encuentro con que lo han desalojado a José y su familia. Dos señores y la policía cumplían el mandato. Sacando sus pertenencias a la intemperie, José se había puesto bravo, y no había “palabra buena” que se le amigara con las suyas, muy malas o feas para los señores del Juzgado.
Teniendo ante mí la triste desigualdad que me golpeaba, traté de calmar a José para que se agilizara la situación y se fueran los funcionarios.
- Oiga José, debería utilizar un lenguaje que no incomode a los cómodos - dije a ese hombre luchador y comprometido amigo, cuando me trataba de explicar su bronca ante el desalojo de su ranchito.
- Nada de palabras lindas, cumpa - me dice. - No tengo diccionario a mano pa aliviarles los oídos a nadie; me importa un carajo lo que digan o dejen de decir.¨Éste es el lenguaje de los calientes, pa decir verdad de los que nos damos cuenta que tenemos sangre.
-Yo lo comprendo José, pero quienes no lo conocen o ni se molestan en conocerlo, pero sí horrorizarse de sus palabrotas o mal vocabulario, estarán de parabienes y tratarán de agregarle más pobreza a la que usted debe enfrentar.
-Mire Miguel, yo le agradezco su interés de ponerme a tono con los cultos, sé que lo hace pa aliviarme las penurias que se me vienen, pero la impotencia, la bronca en mi Argentina se grita con lo que salga ¡Qué tengo que andar midiendo palabras! Si están dentro mío, nacieron conmigo desde la miseria, desde la pelea por ser uno entre los nadies. Y siguió cargando lo que podía en su carro.
Los señores de las leyes, se notaban molestos por la tardanza y las palabras que recibían cuando intentaban acercarse a que firmara el papel del desalojo.
Colaborando en tener a uno de los perros que no paraba de atropellar a los señores mandantes, le digo a José: - Oiga amigo, por qué no le firma el papel y así se van estos tipos.
-¿Firmar? me tienen que matar pa eso. Ése es problema de ellos, son sus papeles. Que se vayan… Yo termino de cargar y me voy a hacer un refugio ahí, en el montecito del gringo.
Cansados de esperar, los abogados, pretenden acercarse insistiendo que debía firmar.
-Les dije que no se acerquen porque los bajo con este palo - dirigiéndose con desgarrada convicción a los señores de trajes. - Y ustedes (dirigiéndose a los policías) empiecen a tirar, porque vivo no me lleva nadie… Hijos de puta, malparidos… Cagones de mierda.
Era una situación de extrema peligrosidad, dada la fuerza del orden por un lado y la decisión de José de no ceder ni un centímetro su voluntad quebrada desde hace muchos años. Los hijos, los perros y su compañera sabían del convencimiento de José, y también de su cansancio de ser maltratado muy a pesar de su buen corazón, y decididamente se alejaron de la escena, como para esperar lo peor. Yo sentí que nada podía convencer a este ser humano en su genuina posición de no firmar nada y que lo dejaran tranquilo, más cuando les había cumplido con abandonar todo e irse a fundar otra miserable choza, donde albergarse hasta el próximo desalojo.
Todo era tenso, hasta la tensión que ofrecía el perro que tenía con mis manos hacía varios minutos. La policía sabía que para llevárselo a José iban a tener que pegarle, pero estaba yo delante, podría atestiguar el mal trato. Cuando menos lo espero se me suelta el perro y salta sobre los policías que se defienden de las mordeduras, hasta que uno de ellos con su palo le pone un golpe certero que lo deja tirado en el suelo. Yo pasé a tener a José y tratar que no insultara o peor, que no accionara contra nadie. Un policía sangraba en su brazo y la pierna a causa de las lastimaduras que habría producido el animal, y el otro, hablaba con los abogados que alejados y con mucho miedo, habían tomado distancia. Me llaman y me plantean que escribirían un acta con lo sucedido y que yo la firmara si estaba de acuerdo. Hicieron el documento, lo leo, discutimos algún punto que no me pareció correcto y le firmé solidariamente con tal de terminar esta situación tan desigual.
-Se fueron, José - Le digo. - Y tendrá que cuidarse porque se quedaron con la sangre en el ojo.
-Gracias cumpa, olvídese del miedo, ni siquiera eso me queda. La vida se hará cargo como siempre de mañana, hoy ya está hecho. Ahora me voy a armar con los pibes una nueva choza pa pasar la noche. Ah, disculpe el momento en que nos encontramos, ni mates pudimos tomar… Bueno, en el apuro y la bronca ni sé donde habrá quedao, pero véngase uno de estos días a comer algún peludo, ya tendremos el nido arreglau y no se haga problemas por los pobres brutos y mal hablao como yo, que los de las leyes, los dotorcitos, me entendieron igual. En estas cosas mi amigo no hay tiempo pa ponerse léido. Hambre es mala palabra y nadie dice nada. Eso me lo dijo el padre cura del comedor, no va a creer que lo inventé yo, pero me parece que tiene razón; ¿Sabe lo que es no poner ni un hueso en la olla…? Bueno, vaya tranquilo, demasiau se ha entretenido. ¡Lo esperamos con el peludo!
Nos abrazamos con todos, quedé comprometido a regresar a su nueva choza, y me fui masticando sabiduría, la que no aprendí en los libros. Ésa era natural, nacida desde la propia vida de un hombre que no dice malas palabras, en todo caso los hacedores de las “buenas palabras…” no saben o no se atreven a comprenderlas. He aprendido que “¡Carajo!” es nuestra, por más que se diga que tiene otro origen y significado ¡Pero qué sincera suena en la boca de José! No me imagino a un hombre de tamaña dimensión diciendo: …Caramba, ofuscado, y tantas palabritas livianas, sin el peso de la sangre.

















